Gabriel recibe la noticia del suicido colectivo de una secta en Canarias. Su hermana pequeña, a la que no ha visto en años, era una de las adeptas. Gabriel viaja a la isla y se sumerge en la búsqueda de su hermana desaparecida.
Embriagados por la atmósfera, que a propósito nos sume de lleno en un ambiente de oscuridad e intriga, vamos acompañando a Gabriel y a Helena en ese periplo que inician con la intención de recuperar a la desaparecida Cordelia. Mientras asistimos a esa búsqueda, se nos van resolviendo cuestiones a través de fogonazos de flashbacks que nos descubren retazos de la vida de Cordelia. Mezclas de tiempos que se traducen en pistas cuyo fin es que el espectador recomponga el camino de estos personajes, así como su historia y el devenir más próximo. Podemos pensar, desde una lectura poco profunda y muy simplista, que lo incompleto juega en contra del metraje o que la escasez de desarrollo en algunos puntos rompe una línea argumental que podría haber dado mucho más de sí, si bien me parece que existe una premeditación por parte de la directora, quien decide poner en manos del espectador parte de la trama para que sea él quien asuma el término, los pasos y los pesos que arrastran los personajes, para que su psicología vuele más libre de lo que un guion completamente cerrado pueda permitir. Esta decisión gustará más o menos, pero es cierto que le da alas a la historia y mucho más recorrido a los personajes, aunque ciertamente corra el riesgo de hacerle perder rotundidad al conjunto.
Considerado acierto el peso que toma la geografía en la trama, los bellos paisajes de Canarias hablan por sí solos y descubren soledad, silencios, fuerzas, galopes y vida en la intensidad de esa mar desbordante en su belleza. La fotografía ciertamente impecable se queda en la retina, mérito de Javier Agirre, el responsable.
Las interpretaciones del equipo artístico, también a favor de la cinta, nos permiten destacar muy especialmente el trabajo preciso de Ingrid García Jonsson en la composición de un personaje que destila vulnerabilidad, fragilidad y ternura. La delicadeza que transpira late en Cordelia de una manera natural, nada impuesta, y nos la creemos sufridora, quebradiza e incapaz de recuperarse de las cicatrices de vida, de los rotos internos. Se aferra al personaje de Juana Acosta, Helena, que lleva en su mirada de tierra y fuego un dolor profundo pero acompañado de una firmeza que la engalana de fuerza. Muy acertada Juana Acosta envolviendo de matices su personaje. Cierra este triángulo Daniel Grao, correcto en la contención que Gabriel le exige, un fiscal exitoso con el futuro resuelto, pero que divaga en emociones a las que no sabe enfrentarse cuando permanece en contacto con lo que le incomoda. Grao plasma en su mirada el sometimiento y la dificultad que le supone gestionar lo importante de la vida, impasible durante tanto ante ella.
Bordeando todos los límites posibles, la película recala en la culpa, en el desamparo, en el distanciamiento y en esa búsqueda eterna del sentido de pertenencia. Los personajes divagan con ese propósito; el de sentirse parte, y en ese delirio que les causa el deseo de aquello a lo que no saben llegar, mediante fracasadas gestiones del dolor y las sombras que viven en ellos, se ven abocados al naufragio en su propia isla emocional. A partir de ahí; se salvan o no, cada uno como puede o como sabe. El género humano, siempre interrogante, nos descubre los caminos más insospechados. Y Helena Taberna ha optado por aprovecharse de esta incertidumbre de agonía para acercarnos a la espiral emocional, al desconcierto, al mundo negro de las sectas y a sus consecuencias tormentosas, a las huellas dolorosas que dejan en nosotros ciertas decisiones.
Considerado acierto el peso que toma la geografía en la trama, los bellos paisajes de Canarias hablan por sí solos y descubren soledad, silencios, fuerzas, galopes y vida en la intensidad de esa mar desbordante en su belleza. La fotografía ciertamente impecable se queda en la retina, mérito de Javier Agirre, el responsable.
Las interpretaciones del equipo artístico, también a favor de la cinta, nos permiten destacar muy especialmente el trabajo preciso de Ingrid García Jonsson en la composición de un personaje que destila vulnerabilidad, fragilidad y ternura. La delicadeza que transpira late en Cordelia de una manera natural, nada impuesta, y nos la creemos sufridora, quebradiza e incapaz de recuperarse de las cicatrices de vida, de los rotos internos. Se aferra al personaje de Juana Acosta, Helena, que lleva en su mirada de tierra y fuego un dolor profundo pero acompañado de una firmeza que la engalana de fuerza. Muy acertada Juana Acosta envolviendo de matices su personaje. Cierra este triángulo Daniel Grao, correcto en la contención que Gabriel le exige, un fiscal exitoso con el futuro resuelto, pero que divaga en emociones a las que no sabe enfrentarse cuando permanece en contacto con lo que le incomoda. Grao plasma en su mirada el sometimiento y la dificultad que le supone gestionar lo importante de la vida, impasible durante tanto ante ella.
Bordeando todos los límites posibles, la película recala en la culpa, en el desamparo, en el distanciamiento y en esa búsqueda eterna del sentido de pertenencia. Los personajes divagan con ese propósito; el de sentirse parte, y en ese delirio que les causa el deseo de aquello a lo que no saben llegar, mediante fracasadas gestiones del dolor y las sombras que viven en ellos, se ven abocados al naufragio en su propia isla emocional. A partir de ahí; se salvan o no, cada uno como puede o como sabe. El género humano, siempre interrogante, nos descubre los caminos más insospechados. Y Helena Taberna ha optado por aprovecharse de esta incertidumbre de agonía para acercarnos a la espiral emocional, al desconcierto, al mundo negro de las sectas y a sus consecuencias tormentosas, a las huellas dolorosas que dejan en nosotros ciertas decisiones.



Todos los ingredientes que me gustan para una buena peli. La imaginación vuela y nos revela que solo dentro de cada uno está la respuesta...
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