Ivan se enamora de Hadoum, una nueva compañera, en el invernadero de Almería donde ambos trabajan. Sin embargo, su anhelado ascenso laboral interferirá en su relación, forzándole a decidir qué tipo de persona quiere ser.
Tras su estreno en la sección Panorama de la Festival Internacional de Cine de Berlín —donde además obtuvo el prestigioso Teddy Award— y su reciente paso por el Festival de Málaga, Iván & Hadoum, la ópera prima de Ian de la Rosa, se confirma como una de las propuestas más sensibles y necesarias del cine español reciente.
El debut en el largometraje del director andaluz no surge de la nada. De la Rosa ya había explorado algunas de las preocupaciones que atraviesan la película en dos cortometrajes muy celebrados: por un lado Victor XX, presentado en Cannes, donde abordaba cuestiones ligadas a la identidad trans; por otro Farrucas, nominado al Goya, que miraba hacia las experiencias migratorias en su Níjar natal. En Iván & Hadoum ambas líneas parecen encontrarse y dialogar, dando forma a un relato que mezcla intimidad, identidad y pertenencia.
Ambientada entre los invernaderos del sur de Almería, la película sigue el encuentro entre Iván, un trabajador trans de un almacén agrícola, y Hadoum, una joven hispano-marroquí que acaba de incorporarse al mismo lugar de trabajo. A partir de ese reencuentro nace una historia de amor que debe enfrentarse a presiones familiares, sociales y económicas.
Pero el mayor acierto del film es que no construye su relato alrededor de la identidad trans como conflicto central. Al contrario, la película apuesta por algo mucho más inusual en el cine: situar el deseo, el vínculo y la intimidad en el centro de la narración. Lo trans forma parte de la vida del personaje, pero no monopoliza su historia. En ese gesto se encuentra buena parte de la fuerza política del film.
En ese sentido, Iván & Hadoum funciona ante todo como una historia de amor profundamente humana, donde las identidades, los orígenes y las expectativas sociales forman parte del contexto, pero no definen por completo a los personajes. El filme observa cómo ambos protagonistas intentan construir su propio lugar en un entorno marcado por el racismo, los prejuicios y las jerarquías laborales que atraviesan el paisaje agrícola del sur de España.
Gran parte de esa verdad emocional nace de la naturalidad y complicidad que transmiten sus protagonistas, Silver Chicón y Herminia Loh. Lejos de interpretaciones impostadas o excesivamente dramáticas, ambos construyen una relación que se siente orgánica, casi improvisada, como si la cámara simplemente acompañara el nacimiento de ese vínculo. La química entre ellxs sostiene el relato y convierte cada gesto, cada silencio y cada mirada en pequeños momentos de intimidad compartida.
La película también encuentra fuerza en su escenario: ese mar de plástico de los invernaderos almerienses que se convierte en metáfora de un mundo cerrado, donde lxs personajes parecen debatirse entre quedarse o marcharse, entre aceptar el destino que otros han trazado para ellos o arriesgarse a imaginar uno distinto. La fotografía de Beatriz Sastre captura ese paisaje con una mezcla de dureza y belleza, dejando que la luz, los espacios abiertos y la textura de los invernaderos dialoguen con la intimidad de los personajes.
Uno de los rasgos particulares del film tiene que ver con su ritmo, deliberadamente pausado. En algunos momentos la narración avanza con una cadencia alejada de los códigos narrativos más convencionales. Sin embargo, esa aparente lentitud responde también a una decisión consciente: la de detenerse en los gestos, en los silencios y en los pequeños instantes que conforman la vida de sus personajes. De la Rosa apuesta por una mirada contemplativa que permite habitar el tiempo de la historia y acompañar a sus protagonistas sin prisas, como si la cámara quisiera concederles el espacio necesario para existir. Y es precisamente en esa calma donde la película encuentra buena parte de su verdad.
En esa misma línea, la película apuesta también por mostrar cuerpos y deseos poco habituales en la ficción. Los cuerpos que aparecen en pantalla no responden a los modelos normativos que el cine ha reproducido durante décadas, y las escenas de intimidad se filman sin rodeos, con una franqueza que otorga a los desnudos y al sexo una fuerza narrativa poco común. No se trata de provocar ni de subrayar, sino de mirar con naturalidad una sexualidad diversa, alejada de las representaciones tradicionales centradas en cuerpos cisgénero. Al hacerlo, la película contribuye a ampliar el imaginario de lo que puede mostrarse en pantalla, dando visibilidad a realidades que todavía siguen siendo poco frecuentes en la ficción.
Así, Iván & Hadoum se mueve entre el drama social y el romance contemporáneo, pero sin caer en el subrayado ni en la moralina. Más bien propone una mirada tranquila y honesta sobre el amor, sobre los cuerpos y sobre el derecho a existir con libertad.
Porque, al final, lo que la película parece recordar —con una delicadeza poco habitual— es que las revoluciones más profundas suelen comenzar en lo íntimo: en el momento en que alguien decide amar sin pedir permiso.
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