Susana (María Morales) y Juan Ignacio (Carlos Guerrero) viven solos en una pequeña cuidad de la provincia. Juan tiene el retraso madurativo de un niño pequeño. A Susana no le fue fácil criar sola a Juan después de que el padre los abandonara. Quizás por eso lo sobreprotege tanto. Pero consiguió llegar a un equilibrio y a encontrar su forma.
Las cosas van a cambiar tras la llegada de Valeria (Marina Salas), una adolescente, sobrina de Susana, a la que la madre manda “al campo” tras encontrarle un cigarro de marihuana y considerarla drogadicta.
La argentina Adriana Roffi dirige esta comedia dramática, cargada de tintes poéticos y marcada inevitablemente por una profunda impresión de verdad y talento a cargo de sus actores. Sorprende la aparente facilidad con la que estos tres personajes te rasgan por dentro a medida que la obra avanza; acabas profundamente metido en la historia y compartiendo una emocionalidad profunda y viva. Mérito aún más remarcable teniendo en cuenta que estamos ante una trama que no apunta alto en cuanto a pretensiones argumentales, lo que sucede sobre las tablas es una historia que sin esfuerzos se podría encontrar bajo el escenario, pero posiblemente en esta sencillez -tan maravillosamente dirigida- resida parte de su grandeza. Los personajes están muy bien definidos y encuentran ese equilibrio tan difícil que los dota de humanidad y credibilidad y que, a este mismo ritmo fluido, llevan al espectador a sentir como ellos en un ejercicio de empatía inconsciente.
El trío actoral está sobresaliente: María Morales (nominada al Goya por su papel en "Todas las mujeres") se enfrenta a un personaje de peso dramático, dando cuerpo, voz y alma a una madre profundamente angustiada que encierra dentro de sí un sentimiento machacante que parece consumirla a cada segundo haciéndola mártir de su propio sentir. Su trabajo se antoja desde fuera profundamente generoso por el viaje emocional al que te conduce tan magistralmente. Carlos Guerrero, por su parte, brilla tras un personaje al que viste de la dosis justa de amor, inocencia, picardía, ira, ternura; sabiendo moverse entre emociones contrapuestas con una naturalidad pasmosa y provocando la conmoción en el público sin caer en exageraciones ni caricaturas. Entiendo que su nombre sonará con fuerza en el futuro del cine. La otra pieza del puzzle, Marina Salas, se desenvuelve de una manera deliciosa componiendo a un personaje muy rico en matices, que se va destapando poco a poco dejando mostrar lo que existe bajo su piel. Pese a su juventud, Marina Salas hace frente a este personaje con una maestría propia de los grandes actores: su punto rebelde y su energía desbordante hacen de contrapunto a una historia que eriza el alma.
"Como si pasara un tren" puede verse todos los lunes (hasta el 13 de octubre) en el Teatro Lara de Madrid.

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