Rocío es una joven madre soltera y sin trabajo que no recibe ningún tipo de ayuda ni subsidio por lo que no puede hacer frente a los pagos del alquiler del piso en el que vive. Entre la vergüenza y el temor a perder la tutela de su hijo Adrián, de 8 años, Rocío sufre en soledad una situación de precariedad que lejos de mejorar, empeora cada día.
Director: Juan Miguel del Castillo
Reparto: Natalia de Molina, Mariana Cordero, Jaime López, Mercedes Hoyos, Gaspar Campuzano, Natalia Roig, Montse Torrent, Manuel Tallafé
Guión: Juan Miguel del Castillo
Fotografía: Manuel Montero, Rodrigo Rezende
Música: Miguel Carabante, Daniel Quiñones
Producción: Diversa Audiovisual
La realidad reflejada en una película que trae a primer plano la problemática social. Sin artificios ni excesos innecesarios, "Techo y comida" nos sumerge de lleno en la vida de Rocío, que puede ser la vida de cualquiera de las 13 millones de personas que, a día de hoy, se encuentran en riesgo de exclusión social. Seguramente, y por desgracia, habrá muchos que sientan como propias las circunstancias insufribles por las que la protagonista camina, y es que no son pocos los que se enfrentan diariamente a dificultades de peso colosal para seguir avanzando en la senda vital por los que todos, con más o menos suerte, transitamos. Así, no nos debe sonar a ficción, porque tiene mucho de real en esa cotidianidad por la que nos hace viajar la película: y la pantalla nos devuelve un reflejo de la dura crisis por la que atraviesa España, sin concesiones. La grandeza de este trabajo reside precisamente en la pericia con la que Juan Miguel del Castillo apela a la emoción y a la sensibilidad para dotar a su primera obra de toda la vida posible. Y es que hay mucha humanidad contenida en esta historia que, por dura, se hace necesaria. La crudeza que envuelve todo el metraje destila una honestidad que carece de parafernalias retóricas. En este tipo de cine todo es desnudez emocional; y muy especialmente, el trabajo de Natalia de Molina contribuye a ello. Impecable su verdad, puesta generosamente al servicio del personaje con una efectividad infalible. La actriz jienense se entrega con alma y corazón a Rocío: su dolor es perfectamente creíble, reconocible: no hay gesto falso, ni mirada sin emoción en ella; su cuerpo habla, como hablan sus ojos y sus manos. Habla su piel con dolor, con ira, con rabia. Natalia de Molina merece por este papel, sin duda, un reconocimiento similar al que ya recibiera con "Vivir es fácil con los ojos cerrados" (película por la que ganó el Goya como mejor actriz revelación).
La denuncia social que se entona en la cinta se sigue de una toma de conciencia por parte del espectador, una reflexión casi obligada sobre quiénes somos y a dónde vamos, que debería llevarnos a la autocrítica y a una necesaria implicación, la que todos debemos asumir como seres humanos. Quizás este tipo de cine no sea muy demandado hoy día por parte de un público que pretende, más bien, lo contrario a lo que encuentra en "Techo y comida": una evasión de la realidad, entretenimiento y risas. Lamentablemente, este hecho unido a la escasa visibilidad que se le está concediendo a una película pequeña, sin apoyos de medios, serán causa de que no vuele tan alto como sería justo que volara. Personalmente, creo que es muy positivo que se siga apostando por este tipo de cine, austero pero veraz, que también debe tener cabida: para conectarnos con nosotros mismos y hacernos más libres. El cine es un arma para la reacción de la que convendría servirnos; "Techo y comida", en esta línea, es una propuesta más que interesante que nos hace despertar ante nuestro mundo.


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