David es un policía antidisturbios que ha reventado el ojo a un manifestante con una pelota de goma. La casualidad provoca que este manifestante, Nacho, aparezca en su cada una noche. Así empieza una comedia ácida sobre la fragilidad de las convicciones, la naturaleza de los roles sociales y la búsqueda de la verdad.
Necesaria y redonda en forma y planteamiento, "El rey tuerto" conecta con la sensibilidad del espectador sin alardes excéntricos ni maniqueísmos. Lo hace a golpe de pureza, honestidad y un talento a raudales bien al servicio de la historia. No deja de ser una crítica ácida y sombría la que sirve de base, fondo y sustento para un tema que pone de relieve la realidad actual con profunda maestría, ahondando en las espinas de un sistema que aborrega y deshumaniza, que nos mantiene dormidos ante los intereses del poder, de la ambición. Pero todo desde un motor, sentido de existencia: el amor, el que transforma al que lo da y al que lo recibe, protagonista innegable de una obra cargada de belleza. De manera inteligente, se le añade a "El rey tuerto" ese punto de humor negro que ayuda a empatizar con los personajes, a tomar conciencia de una sociedad actual que debe ser entendida desde un análisis crítico que nos genere preguntas, que nos obligue a hallar las respuestas. "El rey tuerto" procura entretenimiento mediante un ejercicio estilístico e interpretativo tan sobresaliente que se figura sencillo a pesar de la grandeza, pero que ante todo va más allá: traspasa los sentidos del espectador, se aferra a lo interno y a ratos incomoda por su verdad. Cine a lo grande, reflexivo y crítico que procura el despertar de la conciencia y, a la misma vez, el disfrute de una historia contada con fuerza y humor fino. Para ofrecer una breve pincelada de lo que el espectador se va a encontrar en esa cena tomamos prestadas las declaraciones de Alain Hernández, con quien tuvimos el lujo de charlar durante la presentación de la película en el pasado Festival de Málaga: "Yo creo que la película es un pelotazo a la conciencia, es tratar al espectador inteligentemente y poder reírse con humor negro de situaciones muy delicadas, pero sin frivolizar."
No nos cabe la menor duda: Marc Crehuet ha sabido indagar con valentía en la trascendencia de temas que toman fuerza desde la crisis moral e identitaria que es asumida. Más que destacable el trabajo titánico del reparto, cuatro actores firmes en su rol, con una habilidad poderosísima para cambiar de registro, pues alternan comedia y drama con soberana maestría y una naturalidad desbordante que sume al espectador de lleno en la historia.
Personaje a personaje
Ignacio (Miki Esparbé)
Miki Esparbé, en la piel de el Rey tuerto, compone un personaje de tremenda complejidad con absoluta convicción. La vulnerabilidad por la que atraviesa se refleja no sólo en sus acciones sino en una disposición corporal bien trabajada, en un profundo estudio lingüstico y gestual. Ignacio transita por sus propios límites, con las dificultades que esto acarrea; se rompe de impotencia, pierde el rumbo, se muestra henchido de miedo, divaga y juega con un victimismo que a veces es buscado, pero que en cualquier caso no le permite la libertad de decidir, de avanzar y de ser. Miki Esparbé late en Ignacio y despliega un talento inmenso y una capacidad cómica delirante para hacer creíble la tremenda evolución de un personaje que se va haciendo a medida que la trama se desarrolla. Vibrante de entrega.
Lidia (Betsy Túrnez)
El personaje de Lidia, con una carga salpicada de inocencia y compromiso, arrastra una vida que pretende llenar a base de cursillos y recetas de cocina. Un desahogo autoimpuesto que no le permite descargar el peso de una situación que se le escapa a la propia comprensión, que no le procura felicidad pese a la máscara irreal con la que juega. Un punto cómico que encierra en realidad una profundidad muy bien defendida por Betsy Túrnez, gran descubrimiento en este filme.
Sandra (Ruth Llopis)
Bajo una capa de aparente ingenuidad, la dulzura de Sandra esconde aires de suficiencia y pedantería. A través de sus consignas políticas y de ese sentimiento de superioridad del que hace alarde en distintos momentos del filme, se destapa su frivolidad. Sandra busca alcanzar sus objetivos a cualquier precio, sin importar el daño que en ocasiones pueda causarle a otros decisiones propias. En ese egocentrismo maquillado, Ruth Llopis se corona en los matices con los que engalana a Sandra, esa pija progre y resabiada que nos despierta emociones contradictorias.
David (Alain Hernández)
Alain Hernández se corona en la piel del policía antidisturbios, un títere del sistema que actúa sin remordimientos pero desde el que brota una inocencia salvaje que nos sabe a fragilidad y a ternura. Ostenta poder a través de la violencia, pero se nos acerca a través de la humanidad que oculta bajo su monstruosidad aparente. Se muestra firme ante los órdenes que acata sin más, cómodo en su falta de criterio, pero se tambalea ante el camino propio, aquel en el que debe imponer su raciocinio y no limitarse a la aceptación mediante la acción. Brillante Alain Hernández, especialmente inmenso en los últimos momentos de la película. El actor logra la empatía a través de una entrega generosa y de un trabajo sobresaliente en el que vuelca vida, pasión y verdad. Estamos, puede decirse, ante uno de los grandes actores de nuestro cine.
En "El rey tuerto" todos los intérpretes ciertamente dan lo mejor de sí y vibran en una sintonía común, dibujando cada uno un personaje único e incomparable, pero con la misma fuerza. La obra, ahora traducida al medio audiovisual, proviene del éxito que durante dos años y medio sumó sobre las tablas Su naturaleza teatral queda patente, de manera innegable -y supone esto un acierto concienzudo- en cada resquicio del espacio, en cada escena. Más que recomendable, lo creo un cine necesario, una historia viva que nos regala un vuelo libre cargado de diálogo, análisis y reflexión mediante temas que son parte de esta realidad tan punzante a veces: la desigualdad, la falta de valores, la fragilidad de nuestras convicciones, el abuso, la ambición, la falta de comunicación...



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