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Lejos del Mar, de Imanol Uribe

Santi sale de la cárcel y viaja al sur para visitar a Emilio, un antiguo compañero de celda que arrastra una enfermedad terminal. La casualidad hace que tropiece con Marina, la doctora que atiende a su amig, con quien Santi tuvo un encuentro terrible hace muchos años y que ha marcado desde entonces la vida de ambos.


De sobra conocido es el interés de Imanol Uribe por retratar la realidad vasca en sus películas; nos remitimos a su trayectoria como autor para constatar un talento que ha sido demostrado ya en otras ocasiones a través del retrato del conflicto vasco, como eje principal para el desarrollo de historias nunca carentes de profundidad psicológica y sociológica: en esta línea es obligada la referencia a dos de las obras cumbre de su cinematografía;  "La muerte de Mikel" y "Días contados". Con "Lejos del mar", el cineasta retoma su tema predilecto y nos hace navegar entre dualidades a través de un relato en el que toman peso las relaciones extremas ubicadas en un contexto social de tremenda dureza, con la violencia de ETA como telón de fondo. La atracción/repulsa entre un exetarra y la hija de uno de los militares que asesinó mueve el engranaje complejo que resulta de esta historia para hacernos bucear. con más o menos éxito, por los vericuetos insondables del alma humana. Porque, ¿es posible la reconciliación entre víctimas y verdugos? ¿existe lugar para el perdón cuando el dolor causado sigue vivo? 

"Lejos del mar" plantea interrogantes dentro de la tragedia sin la pretensión de convertirse en panfleto político; sin querer provocar lecturas desligadas de los sentimientos, tratando de otorgarle al silencio el peso que merece cuando la palabra no se precisa. Es precisamente esa aparente complejidad la que podría jugar a favor de la cinta, junto con la arriesgada propuesta que representa. Sin desatender ni desvalorar el mérito que supone hacer uso de la libertad que otorga el arte para trascender límites y ampliar miras más allá de las políticamente correctas sin anteponer el éxito comercial que implique contentar a todo tipo de público, cierto es que el guión -a cargo de Imanol Uribe y Daniel Cebrián- resulta forzado en algunos puntos, algo artificioso y falto a veces de una profundidad que es exigida. Son buenas las intenciones pero en muchos momentos no se traducen a la práctica real, puesto que el guión no logra transmitir coherencia ni nos permite un retrato preciso de sus personajes, al no describir sus interioridades ni sus miedos con el pulso firme que debiera. En contra de este fallo de guión, que se queda muy a la superficie para con las motivaciones de los personajes, Elena Anaya y Eduard Fernández hacen un trabajo soberbio en la construcción de sus personajes. Ambos llenan la escena y hacen lo posible para salvar ese incompleto dibujo que nos ofrece el guion de dos personajes que, marcados y unidos por la tragedia, cargan con un peso hondo lleno de tormento y desconsuelo. Y en ese dolor tan violento y reciente donde dos juguetes rotos tratan de sobrevivir, respiramos del paisaje catártico que nos sume en el desasosiego bien a propósito, en un estado de ánimo que nos produce una inevitable incomodidad. El entorno almeriense, poético y sediento, parece que lleva la historia en sus caminos de tierra, donde leemos culpa y redención.

Titubeante e irregular, a la película a veces se le intuyen momentos gloriosos que sin embargo no son vislumbrados por no llevarse a término. Queda la sensación de estar ante una obra incompleta, a la que le habría hecho falta más cocción para verse viva. Pese a todo, le reconocemos el riesgo y valoramos la complejidad del tema, lo interesante de la idea y la reflexión que nos lanza sobre las consecuencias del horror vivido por las víctimas de terrorismo, sobre cuestiones morales y humanas que no nos son ajenas. 

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