Alejandra, una artista de 79 años de edad,
se enfrenta a su familia por el lugar donde va a pasar el resto de los años que
le quedan de vida. A su favor tiene su ingenio, su pasión por la vida y una
barricada que ha creado en la puerta de su casa con suficientes cócteles
molotov para hundir el bloque entero. Pero sus hijos tienen su propia arma
secreta: su hijo más joven, Cris, que regresa después de 20 años de ausencia
apareciendo a través de la ventana del segundo piso en el que vive Alejandra
para convertirse en un mediador in extremis de la familia. Apenas pronuncia las
palabras "Hola, mamá" cuando las bombas emocionales comienzan a
explotar.
Basada en la obra escrita por el
dramaturgo Eric Coble y adaptada por Bernabé Rico, "La velocidad del otoño"
llega a los escenarios españoles bajo la dirección de Magüi Mira. La obra, que
pone en valor lo efímero de nuestra existencia, nos permite un viaje en el que
recala el amor por el ser humano. Lola Herrera viste de emociones y vida a
Alejandra, una anciana que desde su sillón rememora cada recuerdo que pudo
sumar a lo largo del tiempo. Un tiempo que vuelve a ella y que, como un ciclón,
se instala en su ser sin permisos ni licencias. Ve la vida pasada con los ojos
que la experiencia le concede y en esa trinchera en la que relega su existencia
grita en silencio con el temblor que los años le causaron. Se resiste a
permanecer en una residencia bajo la voluntad de sus hijos y, para evitar las
temidas imposiciones que le hagan renunciar a su propia libertad, amenaza con
hacer estallar los cócteles molotov que ha colocado en su propia estancia y que
puede hacer volar por los aires el bloque. Sin embargo, un encuentro con el más
pequeño de sus hijos producirá una alteración en el devenir de los
acontecimientos a raíz de la relación que entre ambos se establecerá a partir
de este momento.
La simbiosis entre el dúo actoral se palpa
durante toda la representación. Lola Herrera y Juanjo Artero coinciden en
escena tras "Seis clases de baile en seis semanas" y juegan ahora,
como madre e hijo, en dos planos que convergen para alimentarse el uno del otro
en un ejercicio compositivo que roza la excelencia. En los ojos de ella, la
anciana insurrecta, vuelca toda la vida posible la gran Lola Herrera, que
convierte su personaje en un dulce exquisito al paladar del espectador. Lujo
asistir a la grandeza de la actriz, que se erige dama sobre la escena a un
nivel infinito. Imposible no perderse en su rostro, mecido a cada rato por una
emoción única; imposible resistirse a navegar por sus palabras, pronunciadas
con la honestidad precisa, con el aplomo que le confiere la verdad más sincera.
Y frente a ella, su partenaire, Artero engalanando a un Cristóbal que se desnuda
en escena despojándose de sus capas a cada segundo, enfrentándose al vértigo y
entregándonos el corazón. Se miran y se completan, dialogan y sirven en bandeja
un trabajo generoso para el goce de todos los presentes, y la obra se
desarrolla al ritmo en que ambos personajes, acompasados en sintonía, van
haciéndose en el fulgor de la escena.
Pero ni la mejor de las interpretaciones
salvaría un texto que tambalease, y en este sentido debemos señalar el rigor
con el que la palabra es tratada. Descubrimos a lo largo de la obra momentos
incisivos que aparecen reflejados en el texto, en el que se entremezcla el
drama y la ironía con una esmerada naturalidad. Cada elemento presente en
"La velocidad del otoño" es un matiz que parece surgir en el momento
con la espontaneidad que da la realidad, sin la conciencia de quien estudia su
aportación en la historia. Se funden así la diversión de la comedia inteligente
que nos separa del hondo drama para llevarnos, aún así, a la reflexión a través
de un ritmo ágil siempre apetecible. Combina la sonrisa con ese sabor agridulce
de drama conmovedor al que no renuncia el espectáculo, equilibrando cada
emoción y llevando al espectador por rutas en las que la vida traspasa, con sus
dos polos que son opuestos y a la vez complementarios.
En "La velocidad del otoño" la comedia y el drama van de la mano para permitirnos un viaje rico en matices, emoción en la crudeza de una realidad donde la vida también brilla con una luz intensísima. Es una obra profunda y conmovedora que nos hace reflexionar acerca de la fragilidad de la vida. ¡Recomendadísima!



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