Frida, una niña de 6 años, afronta el verano con su nueva familia adoptiva tras la muerte de su madre. Un coming-of-age drama sobre la infancia de una niña que debe aprender a encajar un nuevo mundo.
Un drama delicado y natural
Emprender, desde la butaca, viaje hacia el verano de 1993 supone ser testigo de una historia de inconmensurable verdad que precisamente por ello resulta inenarrable; ya puede tratar de recurrirse a la palabra, que por mucho que esta trate de apelar con justicia a todo aquello que en conjunto correspondería a un análisis preciso de lo mucho que contiene el filme, quedaría a años luz de este cine que contempla instantes minúsculos en los que se encierran océanos inmensos. Sucede con las grandes obras; las que dejan poso, las que precisan de más tiempo para ser digeridas, las que toman espacio en la mente del espectador para volar desde ahí tras el fundido a negro...
Narrar un drama familiar en el que se vivencia una pérdida, como es el caso, es asumir riesgos que se equilibran en un juego de límites; el tratamiento de ciertos asuntos requiere de una delicadeza que no puede obviarse en el pulso, en el tono; preciso y necesario, que la narración cinematográfica exige en forma y contenido. No es posible eludir el gusto con el que temas de tanta carga emocional se plasman con ínfima verdad, sin a propósito de aquello ofrecerle lugar al daño. Estamos por ello ante una obra que con profunda sutileza se sirve de un retrato perfectamente hilvanado con ingredientes que no sólo asumen el riesgo sino que se sirven de él para engrandecer la obra.
La mirada de Frida
La mirada de Frida
Los ojos de una niña que con sólo 6 años se encuentra en el deber, porque no hay otra opción posible, de enfrentar la pérdida, nos sitúan ante un camino de emoción fulgurante. Su mirada hiela y nos hace transitar por todo lo que no se cuenta, por lo no explícito pero sin embargo presente. Impresionante el peso con el que Laia Artigas coloca su sentir frente a la cámara en un ejercicio interpretativo que cuesta atribuirle a una niña. Late Laia en intensos estados emocionales para los que difícilmente posee, a razón de su corta edad, material anímico al que poder recurrir en el afán de configurar un personaje, sin embargo se posa en ella un desgarro silenciado que se antoja sobrecogedor, creíble, natural. Es naturalidad precisamente una palabra que define bien el trabajo de Artigas y parece apropiado rescatar algunas declaraciones de Carla Simón, directora de la película, a propósito de lo anterior: "Laia tenía algo especial. Esa mirada que te despierta un deseo de filmar y seguirla con la cámara, como te tiene que ocurrir con todos tus actores".
Pero Frida mira a su alrededor, entonando en presente un drama que arrastra pero que no convierte en palabra; y lo hace no sólo a través de sus ojos, sino apoyándose también en los de las personas que la acompañan en su sentir diario; meritorio el trabajo actoral que lo permite. La luz de Anna, personificada por la jovencísima Paula Robles. El proceso de la pérdida se torna luminoso y la espontaneidad significada por estas pequeñas actrices hace olvidar al espectador que se sitúa ante un retrato cinematográfico; por momentos pareciera que las filmaciones corresponden a las grabaciones diarias de una familia que quisiera componer recuerdos en formato vídeo. Las niñas, vértices de esta historia, brillan enormemente. Y sabemos que eso difícilmente habría sido posible sin las miradas de en frente, las de Marga y Esteve; sus miradas que asisten a todo cuanto sucede y que, sin embargo, desde un segundo plano permanecen más que presentes a lo largo del metraje, otorgando peso y firmeza; con la dosis justa de compasión, de amor y dulzura. Destacable la labor de David Verdaguer y Bruna Cusí, que un ejercicio de generosidad absoluta se olvidan de sí mismos para que las pequeñas arrojen su luz. No habría película sin lo mucho que aportan esta pareja de actores, simbiosis perfecta.
Carla Simón, una directora imprescindible
Este es sin duda un cine que sólo cabe ser leído desde las emociones, esquivando en ese proceso todo atisbo de sentimentalismos. Tarea ardua, labor capitaneada por una directora que -tras una trayectoria remarcable en el mundo del cortometraje, con títulos como: "Lipstick" o "Las pequeñas cosas"- nos ofrece su primer largo. Lo hace compartiendo su realidad, ella fue la Frida de su propia historia, la niña que de pequeña se enfrentó al mundo sin padres y sin entender muy bien los cambios que a su alrededor se produjeron. En su debut, Carla Simón ahonda en sus recuerdos, los canaliza y los depura en un ejercicio visual vibrante y alejado de todo exhibicionismo; partiendo de la naturalidad. En cuanto al proceso previo al rodaje, el por qué relatar el duelo, el dolor, la aceptación desde una historia que fue la suya, la directora declara:
"Yo no necesitaba curar nada porque eso ya pasó y ya lo acepté. Pero el cine me ha ayudado a entender el porqué de las cosas. Es decir el porqué me comportaba como me comportaba, cómo se sintieron mis padres adoptivos, mis abuelos. Siento que con Verano 1993 crecí mucho por lo que significa rodar esta historia. Era volver a pasar por todo ese proceso pero con la mirada más aguda, la que te da la edad y el tiempo.
Esta virtuosa representación que Carla Simón hace de su propia infancia corresponde a una mirada madura, a una pasión desbordante hacia la profesión y a un talento sin el cual este resultado no se habría producido, sin duda. Agradecemos, como espectadores, que existan cineastas como Carla Simón; valientes, de altos vuelos y miedos transformados en retos a la vista de ser superados. Agradecemos el mensaje poderoso de esta película, su alcance emocional y la verdad impresa en cada fotograma. Deseamos verdaderamente que Carla Simón siga regalándonos joyas como esta, dedicándose a aquello para lo que sin duda parece haber nacido.
Premios
2017: Premios Goya: Mejor dirección novel, actor sec. y actriz rev. 8 nominaciones
2017: Festival de Berlín: Mejor ópera prima, Gran Premio del Jur. Int. (Secc. Gen. KPlus)
2017: Premios del Cine Europeo: Nominada al Premio Discovery (Mejor ópera prima)
2017: National Board of Review (NBR): Mejores películas extranjeras del año
2017: Festival de Málaga: Biznaga de oro, Premio Feroz de la crítica
2017: Premios Fénix: Mejor guion. 5 nominaciones
2017: Premios Feroz: Mejor película dramática, dirección, guion y actor sec.
2017: Premios Gaudí: 5 premios, inc. Mejor película, dirección y guion. 14 nominaciones
2018: Premios Platino: 5 nominaciones incluy. mejor guion, fotografía y ópera prima






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