La enfermedad del domingo se mueve desde la emoción más profunda, aquella que en lo implícito silencia un desgarro atronador por doloroso; por la culpa que lo entona y le da forma; por lo enquistado de los sentimientos cuando los años no dan tregua ni permiten un avance sanador; por el vacío que deja todo huida. Desde la ventana en la que Chiara espera el retorno de lo que nunca tuvo, del cariño que le fue negado siendo apenas una niña, se vislumbra un futuro en el que las heridas de ese pasado doloroso no cicatrizan y, por ello, los rayos de luz no atraviesan esa ventana sobre la que Chiara se asoma al mundo sin participar de él. Ramón Salazar, en esta historia que no está configurada para todos los públicos (algo que, según creo, suma méritos al conjunto), en un trabajo en ningún caso pensado con objeto comercial sino que se orquesta como lo íntimo de los sentimientos inherentes a todo ser humano, abandona toda pretensión para servirse de una naturalidad necesaria y presente en cada plano. En ese proceder, el silencio se convierte en aliado, en elemento protagonista. Y es mucho lo que contiene aquello que callamos. Desde esta premisa, lo oculto adquiere fuerza para hablarnos desde los deseos más salvajes, más humanos, más reales. En todo ese huracán de emociones que va desde la ira, la culpa, el enfado, la melancolía, la desesperanza, el amor, el perdón y el rencor, atravesando todo ese mar arrebatador sobre el que se edifican los personajes, Chiara y Anabel se enfrentan a una vida que les vuelve a unir a través de los años y las coloca en un lugar incómodo; la una frente a la otra. Dos desconocidas que son madre e hija.
Lo que Bárbara Lennie y Susi Sánchez consiguen merece párrafos eternos en los que llenar de palabras lo portentoso de sus interpretaciones. La calidad artística de esta película (nunca producto), se eleva al cuadrado con el trabajo de dos actrices que en este interesantísimo duelo alcanzan la gloria a todos los niveles posibles. La contención que Bárbara Lennie dispone en cada respiración de su Chiara, colman la pantalla de un dolor que se va cociendo con el paso del tiempo y que puede sentirse desde el otro lado con una intensidad desgarrada. La Chiara de Lennie camina contenida, mira con frialdad, escupe su rencor sin concesiones, abraza su ternura y la regala. La complejidad de este personaje, perfectamente construido desde el sentir de Bárbara Lennie -imperdonable su ausencia como nominada en estos Goya-, pasa por cubrirla de tantos matices para hacerla creíble en cada una de los estados emocionales por los que transita. En el tiempo que dura la película podemos, sin apenas información, asomarnos al pasado de esa Chiara que lleva en cada poro el peso de lo andado. Lo agradece el espectador, con quien Salazar juega sin mostrar explícitamente ciertos aspectos que se entienden necesarios para comprender la trama; la completamos a raíz de los latidos de dos actrices que apuestan todo en un acto generosísimo de entrega absoluta. Susi Sánchez, en la piel de Anabel, ofrece toda la humanidad posible a un personaje que vive enterrado en la culpa. Sus miradas hielan, estremecen. Realmente no se entendería el trabajo de la una sin la otra, y es en ese trabajo compartido donde se forma un tándem insólito que suma valor a la película. Ambas devoran la pantalla y de modo visceral se prestan al juego navegando en las miserias más oscuras.
Este relato pausado que nos ofrece Salazar con una apuesta en la que el riesgo es evidente, se sirve no sólo del silencio como elemento fundamental dentro de la trama, sino que convierte el paisaje en un protagonista más. La naturaleza potencia la escena y acompaña la emoción; caso del tronco con un simbólico agujero uterino o el riel por el que madre e hija descienden por una ladera nevada. El ambiente frío y bucólico, junto con la ausencia de apoyo musical en la mayor parte de la cinta, envuelven con acierto la austeridad con la que se presentan los acontecimientos, de modo poético acarician el plano en cada imagen. Y es que el vacío, el silencio, la sobriedad, ofrecen un potente mensaje que, bien plasmado -como es el caso-, se convierte en grito, en resquebrajo, en desgarro. Y en todas esas palabras no pronunciadas, la enfermedad del domingo atraviesa. Duele. Conmociona. Sobrecoge.
Este relato pausado que nos ofrece Salazar con una apuesta en la que el riesgo es evidente, se sirve no sólo del silencio como elemento fundamental dentro de la trama, sino que convierte el paisaje en un protagonista más. La naturaleza potencia la escena y acompaña la emoción; caso del tronco con un simbólico agujero uterino o el riel por el que madre e hija descienden por una ladera nevada. El ambiente frío y bucólico, junto con la ausencia de apoyo musical en la mayor parte de la cinta, envuelven con acierto la austeridad con la que se presentan los acontecimientos, de modo poético acarician el plano en cada imagen. Y es que el vacío, el silencio, la sobriedad, ofrecen un potente mensaje que, bien plasmado -como es el caso-, se convierte en grito, en resquebrajo, en desgarro. Y en todas esas palabras no pronunciadas, la enfermedad del domingo atraviesa. Duele. Conmociona. Sobrecoge.
Guion: Ramón Salazar
Música: Nico Casal
Fotografía: Ricardo de Gracia
Reparto: Susi Sánchez, Bárbara Lennie, Greta Fernández, Miguel Ángel Solá.
Productora: Zeta Cinema / ON Cinema
Premios: 3 Feroz 2019 (Mejor Director, BSO, Cartel) y 1 Goya 2019 (Mejor actriz: Susi Sánchez).




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