La boda de Rosa nos muestra cómo a punto de cumplir 45, Rosa se da cuenta de que ha vivido siempre por y para los demás y decide apretar el botón nuclear, mandarlo todo a paseo y tomar las riendas de su vida. Pero antes, quiere embarcarse en un compromiso muy especial: un matrimonio consigo misma.
Pronto descubrirá que su padre, sus hermanos y su hija tienen otros planes, y que cambiar de vida no es tan sencillo si no está en el guion familiar. Casarse, aunque sea con ella misma, va a ser lo más difícil que haya hecho nunca.
La película que inaugurara la 23 edición del Festival de cine de Málaga ha irrumpido con fuerza en la cartelera española. "La boda de Rosa" nos adentra en el mundo de su protagonista, una mujer que, hastiada de calibrar su vida desde la mirada de los otros, decide cambiar el rumbo para otorgarse el lugar que le corresponde. Caminamos con Rosa por la senda que la conduce hasta sus propios deseos en un viaje que se torna entrañable, divertido y colmado de emotividad. Sin duda, una mezcla perfecta que funciona con aparente naturalidad para introducirnos, con ligero ritmo, en una trama no carente de profundidad. La boda de Rosa se convierte así en un canto a la libertad, un argumento que esconde una revelación partiendo de la premisa de dejarnos ser, sin complacencias ni autoexigencias. Lo que le da mayor fuerza a esta historia es que su protagonista toma una figura que es reconocible por completo para el espectador, con problemas, dudas e incógnitas que identificaremos sin esmero, bien por sentir nuestro reflejo en su andar o bien porque en ella atisbamos la identidad de otras mujeres que están en nuestra vida. Sus miedos, sus deseos y sus anhelos han estado también presentes en nosotros, lo que le suma personalidad y valor a una obra que se asienta en una realidad que está latente y muy cerca. Rosa se olvida de sí misma y antepone al otro.
La película, sin abandonar el tono propio del género de la comedia en el que se inserta, se inmiscuye en áreas a través de las cuáles nos conduce al repensar de los modelos familiares tradicionales y de los roles atribuidos generalmente a la mujer, con la sobrecarga que estos llevan consigo y que acaban por ir minando la propia individualidad. Sin evitar el compromiso ante temas tan actuales y adoptando una postura de tolerancia y aceptación, uno de sus puntos fuertes recae precisamente en esa toma de partido sin concesiones, pero en la que no se observan artificios ni imposiciones. Más bien una mirada libre que parte de una premisa básica: entender al otro y apostar por un camino personal sin servilismos, colmado de amor propio.
El trabajo actoral de su equipo artístico es francamente arrollador. Candela Peña, que le regala el latido a Rosa, resulta más que convincente en un papel protagonista del que sabe extraer todo el jugo. Pero no está sola: la familia de Rosa, que tiene mucho de disfuncional en ese afán inconsciente por no practicar la escucha, se compone de los personajes en los que brilla un reparto de secundarios cuyo desarrollo se basa en mucho más que en la tarea de servirle a la trama de la protagonista. Con talento desmesurado y sin caer en la caricatura que nos alejaría de la propia verdad que hay en ellos, Sergi López y Nathalie Poza realizan un trabajo delicado en la composición de sus personajes. Representan con una naturalidad precisa la incomunicación que se evidencia como base narrativa. Todo un espectáculo verlos en pantalla. En la misma línea, la gran revelación es la joven actriz Paula Usero, a la que se le augura un largo y prometedor futuro. Talento no le falta, sin duda.
Iciar Bollaín, que cuenta desde siempre con una mirada personalísima en la que recala sobre detalles cargados de significados con indudable minuciosidad, hace nuevamente ese ejercicio portentoso al que ya nos tiene acostumbrados -y del que, afortunadamente, desconocemos la receta-: la habilidad de hablar de cuestiones complejas haciendo uso de unos términos aparentemente simples. La boda de Rosa es una película maravillosa que habla de la reconciliación y del compromiso con uno mismo. Supone reafirmarnos, por décima vez, en una certeza que cada vez toma más fuerza: la valía sin igual de Iciar Bollaín, una de nuestras grandes cineastas.



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