Delia y su hija Anabel afrontan de forma muy distinta el duelo por el padre. Entre los campos de olivos de Jaén y las calles de Barcelona, las dos mujeres se enfrentarán a la incertidumbre de su futuro haciendo equilibrios entre el amor y el dolor, la ternura y la dureza.
Con este último trabajo tras su galardonado debut "La hija de un ladrón", la cineasta Belén Funes regresa con una película que vuelve a interrogar el peso de lo heredado y de la clase social. Los Tortuga amplía el alcance de su cine -en espacio y en mirada- para seguir tendiendo puentes entre lo íntimo y lo político, esta vez a través de un relato atravesado por la pérdida.
Julián, esposo de Delia y padre de Anabel, acaba de fallecer y es desde ese vacío que deja en ambas desde donde se articula la película. Mientras Delia, a quien interpreta la colosal Antonia Zegers, opta por una estrategia de resistencia silenciosa: aplaza el dolor, lo encierra silenciando la realidad de esa pérdida profunda. Su forma de sobrevivir pasa por no detenerse, por sostener lo cotidiano como si nombrar la ausencia pudiera hacerla derrumbarse. Anabel (Elvira Lara, en un papel revelación plagado de naturalidad), en cambio, atraviesa la pérdida desde otro lugar. Más expuesta, más vulnerable, intenta encontrar su sitio en el mundo sin esquivar el dolor, aceptándolo como parte de su proceso vital y emocional. Entre madre e hija se abre así una distancia hecha de silencios, de tiempos distintos para sanar, pero también de una necesidad mutua que las mantiene unidas.
A ese duelo íntimo se suma una amenaza que no concede tregua: la obligación de abandonar el piso en el que viven. La precariedad habitacional irrumpe como una presión constante, agravada por las barreras que aparecen cuando, además, se es extranjera. Conseguir un alquiler se convierte en una carrera de obstáculos marcada por la desconfianza, la burocracia y la exclusión silenciosa. La ciudad, tradicionalmente asociada a las oportunidades, se muestra aquí como un espacio áspero, capaz de expulsar a quienes no encajan del todo, dispuesta a engullirlas justo en el momento de mayor vulnerabilidad.
Funes vuelve a demostrar una sensibilidad especial para dirigir actores y para captar vínculos familiares complejos sin caer en el cliché; Los Tortuga rehúye de alardes visuales para centrarse en lo esencial, dejando que lo emocional emerja más allá de las palabras, donde los silencios encieran importantes diálogos. Las palabras no dichas resuenan en cada plano a través de las miradas y el cuerpo de sus actrices. La espectacularidad formal se diluye dando paso a planos cerrados, escenas atravesadas por el silencio y un ritmo pausado no exento de poder desde esa intimidad creada.
El título condensa una metáfora poderosa. Tortuga era el nombre con el que, en algunos pueblos andaluces, se designaba a quienes emigraban cargando con sus pertenencias, como si llevaran la casa a cuestas. Desde ahí, la película habla de vínculos y de ausencias, del peso de los afectos y de la fuerza inesperada que puede surgir cuando todo se tambalea. Es, en el fondo, una historia sobre mujeres que sostienen, incluso cuando no saben muy bien cómo hacerlo.
Visualmente, La tortuga apuesta por una estética realista, casi áspera, donde los espacios funcionan como extensión del estado emocional de los personajes. No hay lugares amables, pero sí momentos de cuidado, de afecto tímido, que aparecen como pequeñas grietas de luz. En su desarrollo, la película respira entre dos paisajes bien diferenciados: Por un lado, una Barcelona alejada de cualquier idealización turística: una ciudad gris, funcional, exigente, donde el trabajo ocupa casi todo el espacio y el descanso parece un lujo. Por otro, los olivares y caminos rurales de Jaén, tierra de origen de la familia paterna, donde aún pervive cierta idea de pertenencia, de raíz, de esencia. Este contraste geográfico supone también una disonancia entre pasado y presente; entre lo que fue y lo que se intenta sostener a costa de un futuro a la altura de las expectativas que mantienen los personajes.
Los Tortuga aspira a abarcar mucho. El guion de Belén Funes y Marçal Cebrián entrelaza el duelo y la compleja relación entre madre e hija con una mirada más amplia sobre cómo los conflictos del campo y de la ciudad terminan afectando siempre a los mismos: la clase trabajadora. Esa voluntad de lectura transversal, canalizada a través de la mirada vulnerable de una joven, dota a la película de una ambición clara. En algunos momentos, esa necesidad de contenerlo todo puede sentirse ligeramente forzada, como si el relato calculase en exceso cada capa de significado. Sin embargo, incluso ahí, la película conserva una energía inquieta y profundamente humana, que la mantiene viva tanto en su dimensión íntima como en su lectura social.
Desde esa intimidad, Los Tortuga se inscribe en un cine social contemporáneo que observa las circunstancias socioeconómicas con una profunda empatía hacia sus personajes, sin juzgar y sin subrayar.
La tortuga no ofrece respuestas claras ni finales complacientes. Es una película que se queda contigo después, que pide ser pensada desde la experiencia personal del espectador. Una obra coherente con la filmografía de Belén Funes, que confirma su mirada comprometida y profundamente humana sobre quienes viven en los márgenes.
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